Las Ataduras nos Marcan
Claves Espirituales

 


 

            Ni al alma ni al hombre se le obliga a purificar lo que está pendiente de purificar.

 

        En los ámbitos de  las almas y,  también,  cuando el alma  se encuentra en  un cuerpo físico,  es decir, encarnada, una culpa puede estar latente durante mucho tiempo hasta que es activada por la computadora causual y entra en erupción intensamente en el hombre en forma de sufrimiento y enfermedad, o en el alma como imágenes. Entonces el alma experimenta en su propio cuerpo de alma lo que ha causado siendo hombre, y como hombre lo vive en su cuerpo físico.

 

        Quien siendo hombre no quiera escuchar, tendrá que sentir, sufrir como alma o como hombre lo que él mismo ha causado. Cada hombre es responsable de sí mismo, de sus obras y de lo que siente, piensa, habla y hace. Es decir, él soportará lo que ha sembrado.

 

           Nadie puede cargar sus frutos sobre otro, cada uno lleva los suyos. Muchos sin embargo, están soportando, según las circunstancias, también los frutos de otro porque han participado en la siembra. Se trata aquí entonces, de un karma familiar o de grupo. Por tanto, el niño en su cuna ya lleva en sí las márgenes terrenales de vida y de muerte.

 

         La persona que se orienta a Dios vive durante el margen de muerte, cómo su alma se va retirando poco a poco, estimulando al hombre a una mayor interiorización, es decir, la persona experimenta el paso paulatino del alma hacia mundos superiores y más luminosos. En el momento de desencarnar, el alma sigue viviendo conscientemente en sus percepciones, despierta y sensible. Entonces se encamina con seres luminosos hacia planos superiores, como ya lo ha hecho con frecuencia durante la noche cuando el cuerpo dormía.

 

         A veces se oye decir que una persona ha tenido una muerte bella, con esto se quiere decir que no se ha dado cuenta de la muerte, que ha muerto como por sorpresa. ¿Quién ha sido esa persona? ¿Ha considerado la materia como la única medida de todas las cosas? Si ha sido así, su alma seguirá vegetando, en cierto modo inconsciente, después de la muerte física, sin saber que ya ha abandonado su cuerpo terrenal.  Esta ignorancia es una limitación que ata a la Tierra. Como un sonámbulo se va moviendo entre la familia, en su círculo de amigos. En su diario de hasta entonces, sigue haciendo como en sueños aquello que siempre ha hecho siendo hombre; por ello, no se da cuenta durante mucho tiempo de que ya no tiene su cuerpo físico.

 

          Un alma atada a la Tierra es un alma que ha desaprovechado como hombre en la Tierra la escuela de la vida interna, a causa de sus ataduras al fijarse sólo en hombres, posesiones y riquezas. Así, después de la muerte del cuerpo, estará únicamente pendiente de la materia, de la vida terrenal y de sus intereses, que fueron el contenido de su vida en la Tierra.

 

         Según las circunstancias puede pasar mucho tiempo hasta que este alma llegue a comprender que sus semejantes, con los que ha vivido antaño, ya no le prestan atención, entonces va surgiendo el pánico en ella. De ahí resulta la posesión de un hombre que alimenta deseos y vicios similares a los del alma que se ha acercado a él.

 

        Personas que viven mucho en su pasado o en el futuro, que cavilan mucho y se dejan arrastrar por sus preocupaciones, están casi siempre fuera de sí mismas, no viven en el presente ni conscientemente. También los hombres con muchos conocimientos espirituales que únicamente conocen la Leyes Divinas, pero no las han realizado, están pecando contra el Espíritu Santo; pecan a pesar de tener conocimientos espirituales. Esto significa que las almas de estas personas están atadas a la Tierra y permanecerán cerca de ésta.